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Análisis

¿Es la crisis mundial de alimentos, una crisis mundial de alimentos?

Viernes 6 de junio 2008 Imprimir artículo

¿Y la acuicultura qué papel desempeñará en esta neo-crisis?
 
Cómo se verá afectada la producción acuícola mundial por una emergente crisis que en unos cuantos meses, (sí, en unos cuantos meses) ha dejado sorprendido y sin una explicación coherente a más de un secretario de agricultura de varios países (incluidos los latinoamericanos por supuesto) y ni qué decir de la población en general.
 
¿Pero y esta crisis de dónde ha salido?
 
Quitando todo el morbo mediático y los noticieros fatalistas ávidos de televidentes intimidados por noticias que les den una importancia a su inútil vida, todo apunta a que esta crisis resulta de una combinación de dos factores principales: Primero, al aumento del consumo de alimentos per cápita en países densamente poblados como China e India, que han elevado su nivel de consumo de granos y cereales, y cárnicos (que a su vez, tambíen son alimentados con granos y cereales); y segundo, al aumento en la producción de biocombustibles subvencionados en los países desarrollados como EE.UU., lo cual ha estimulado aún más el aumento del precio internacional del petróleo y provocado el aumento de la demanda de maíz y otros cereales y aceites comestibles.
 
Según el último Panorama Económico Mundial del Fondo
 
Monetario Internacional (FMI), “aunque los biocombustibles todavía representan un 1% del suministro global de combustibles líquidos, entre 2006 - 2007 fueron responsables de casi la mitad del incremento del consumo de las principales cosechas de alimentos, sobre todo por el etanol que se extrae del maíz producido en EE.UU.” A estos dos factores hay que sumarle la baja de la producción de granos y cereales en algunas partes del planeta por cuestiones climáticas y causas naturales como en Australia, el aumento de materias primas para los fertilizantes por el aumento de los precios del petróleo, una reducción acumulada de las tierras dedicadas a cultivos agrícolas en los últimos decenios debido a su poca rentabilidad, las limitaciones en la exportación en países con un importante peso en el comercio internacional para proteger su propio abasto y finalmente el efecto especulación de los distribuidores “listos” y “audaces” que almacenan cosechas para manipular aumentos a su antojo.
 
Y por si fuera poco, también hay que tomar en cuenta que las técnicas de producción agrícola de alta tecnología dependen de un alto consumo de energía, y con los precios del petróleo tan altos, también han contribuido a un amento en el costo de producción que se refleja en el precio final del producto. Según Gerard Costa, profesor titular de la escuela de negocios Escuela de Negocios de España, las reservas de cereales están en su nivel más bajo desde principios de los ochenta, y comenta; “la subida de precios de los productos básicos alimentarios es suficientemente grave como para tener repercusiones a nivel mundial y a largo plazo” y afirma que no estamos ante una crisis alimentaria mundial, sino en un nuevo nivel de precios.
 
La crisis ha explotado tan abruptamente que los “expertos” y “líderes” mundiales aún no se han puesto de acuerdo en sus posibles consecuencias y su posible solución. Hay quienes prevén un desenlace catastrófico con revueltas sociales en los países más pobres, migraciones masivas de millones de personas, hambrunas que pueden causar la muerte de miles y hasta millones de personas, y un  mundo polarizado donde nos acostumbraremos a costos de energía a 300 dólares el barril y a materias primas alimentarias a un 700% de su precio con alzas puntuales espectaculares por problemas de lluvias y desertificación.
 
Otros en cambio, alertan de que ha llegado el momento de despertar; de elegir entre fragmentar aún más los mercados o integrarlos; entre ayudar a los pobres o abandonarlos a su suerte; y entre invertir en mejorar el suministro o permitir que crezcan las deficiencias alimentarias. A este grupo pertenece el profesor Rafael Pampillón, quién comenta en propia voz: “la solución pasa necesariamente por eliminar los subsidios de los biocarburantes.
 
Como pocas veces, los medios de comunicación se muestran  unánimes. La producción agraria mundial ha crecido más que la población y los alimentos no tendrían que faltar”.
 
En el caso de la acuicultura, es de esperarse un desproporcional aumento en el costo de los alimentos balanceados y dietas acuícolas. No es difícil pronosticar que las especies que soporten un aumento en el precio de su mercado —que pueda reflejar en parte este aumento en el costo de producción y que le permita al productor acuícola mantener un margen de rentabilidad apropiado—, serán las que prevalecerán, y no así aquellas especies que estén bajo fuertes presiones de mercado, compitiendo con aún abundantes producciones silvestres, o que sean de baja demanda en los mercados, las cuales no podrán amortiguar estos incrementos en el precio del producto y tarde o temprano terminaran por no ser una opción de negocio.
 
Esto también dependerá de cuánto aumente el precio de mercado de las otras opciones de proteína disponibles como: el pollo, la carne de res y la carne de puerco. Ante este escenario de altos costos de materias primas, que por lo visto se mantendrán así por un prologando período, hoy en día nadie puede afirmar hasta cuando, el productor acuícola no le queda más que dos opciones que tomar, una totalmente errada, por la que optará la mayoría; y la otra, la que los puede sacar adelante, que seguramente será para los menos.
 
La primera de estas opciones, y que la mayoría instintivamente va a adoptar sin pensarlo dos veces, será escoger el método de producción en donde puedan reducir al máximo los costos. En este sentido, bajarán los costos de producción y bajarán el rendimiento por unidad de área, bajando consecuentemente la rentabilidad de la empresa, lo que a mediano y largo plazo los va a descapitalizar lentamente, sin que ellos se percaten de esto, como un cáncer, hasta llevarlos a la ruina.
 
Al mismo tiempo que bajan los costos, se volverán más vulnerables a riesgos sanitarios, a mermas en la producción por errores humanos por falta de mano de obra bien calificada, a factores climáticos que no se pueden minimizar por no contar con las herramientas necesarias a tiempo, es decir, su exposición al riesgo aumentará (un costo que no siempre se contempla) e incrementará la devaluación y descapitalización de la empresa.
 
La segunda opción, la que deberían adoptar todos, pero que seguramente sólo los más capacitados y preparados tomarán, es aumentar la inversión en la tecnología disponible para aumentar la producción por unidad de área y consecuentemente aumentar el rendimiento económico de la empresa. Al volverse tecnológicamente más sofisticados, disminuirán  por consecuencia su exposición a riesgos sanitarios, la mano de obra capacitada y preparada disminuirá las mermas por errores humanos, y se estará listo para cualquier acontecimiento climático, o de cualquier índole que pueda afectar la producción.
 
Al aumentar el volumen de producción por unidad de área, estas empresas acuícolas, producirán los volúmenes necesarios para acceder a cualquier mercado con un costo accesible y que les permita mantener un índice de rentabilidad apropiado. A largo plazo, serán las empresas que subsistirán y controlarán los mercados de pescados y mariscos mundiales, a las cuales los sobrevivientes de la primera opción  les terminarán vendiendo la producción a precios reducidos.
 
Tal como lo ha dicho uno de los líderes mundiales en alimentos acuícolas, Tom Zeigler; “ninguna industria pecuaria ha subsistido a base de reducir los costos de producción, todas la industrias pecuarias han pasado sus crisis aumentando su inversión en tecnología, lo cual los ha llevado a escalar producciones nunca antes soñadas”.
 

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