Por: Antonio Garza de Yta
Conocí a Humberto Villarreal hace 24 años, cuando yo era un recién graduado de la maestría en Acuacultura por la Universidad de Auburn y él era ya un científico consolidado en el Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste (CIBNOR). Desde esa fecha, nuestras vidas se entrelazaron no solo de manera profesional, sino que tuve la fortuna de hacer una amistad entrañable con uno de los seres humanos más maravillosos que haya tenido el placer de conocer.
Para los que lo conocieron de joven, su liderazgo e ímpetu se hicieron notar desde un principio. Desde su paso por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), Campus Guaymas, hasta la obtención del Doctorado en Zoología por la Universidad de Queensland en Brisbane, Australia, no hubo ni un momento en el que Humberto no hubiera destacado, pero, sobre todo, trabajado en equipo y motivado a todos aquellos que lo rodeaban.
A su regreso de Australia en 1987 se integró al CIBNOR, institución a la que contribuiría a transformar en una de las más importantes del continente en temas acuícolas. Ahí, primero fue jefe de Biología Marina de 1993 a 1995 en la Unidad Guaymas y, posteriormente, coordinador del Programa de Acuacultura en dos periodos distintos, de 1998 a 2004 y, luego, de 2007 a 2009, en La Paz, Baja California Sur, México.

Durante sus casi 40 años de trayectoria publicó más de 100 artículos científicos, cuatro libros y dos capítulos de libros. Participó como editor de tres libros e impartió más de 200 conferencias internacionales. Nuestro amigo fue un gran científico, pero aún mucho mejor maestro. Coordinó 45 tesis profesionales, y transformó la vida de por lo menos un centenar de estudiantes y profesionales que vieron a Humberto como un gran ejemplo a seguir. Sus alumnos hoy ocupan cargos destacados en la industria, el sector público y la academia, y transmiten sus enseñanzas por todo el mundo.
Humberto siempre buscaba la forma de mejorar las cosas, y esa gran cualidad le acompañó toda la vida, realizando importantes trabajos en optimización de la producción y alimentación, tanto para el langostino australiano (Cherax quadricarinatus) como para el camarón blanco del Pacífico (Litopenaeus vannamei). Siempre tuvo la visión de integrar la ciencia con la industria.

Un promotor de la buena gobernanza, de la participación de todos los actores para la toma de decisiones. Coordinó el Plan Rector de la Acuacultura en México en el 2008, y no me cabe duda de que, si se hubieran seguido sus recomendaciones, México ocuparía un lugar mucho más relevante en la acuicultura global.
En la Sociedad Mundial de Acuacultura (WAS, por sus siglas en inglés) fue editor del Journal ( JWAS), director de la Mesa Directiva y, finalmente, presidente. Tuve el honor de compartir esta etapa con él, siempre luchando por incrementar los servicios a los miembros, la internacionalización de la sociedad y, sobre todo, siempre abogando para incluir a los estudiantes en todas las actividades de la WAS.

Su calidez y buen trato lo convirtieron de inmediato en uno de los presidentes más carismáticos que la Sociedad haya tenido en su historia. Compartimos siempre que la riqueza más grande que la WAS tiene es su diversidad, lo que la hace única e irrepetible. Su visión quedará marcada permanentemente en los anales de nuestra amada Sociedad.
Pero nosotros no coincidimos únicamente en la WAS, sino en innumerables proyectos, algunos que se convirtieron en realidad y otros que quedaron como grandes ideas. Nuestra última colaboración fue en el Advisory Board of Shrimp. Ahí, y en cualquier lugar donde nuestro amigo participó, dejó huella; su visión y legado serán irremplazables. No solamente fue un gran científico y un gran amigo, sino también un gran padre, un hombre de familia. Le sobreviven su esposa Berenice y sus dos hijas, a ellas nuestro más sentido pésame, lo único que esperamos es que la paz les llegue pronto.

Como comentó nuestro amigo Craig Browdy, siempre recordaremos la sonrisa de Humberto, las deliciosas cenas, pero principalmente su espíritu indomable. Humberto es una de esas personas irrepetibles, que llegaron a este mundo para hacerlo un mejor lugar.
La última vez que lo vi fue cuando ambos cambiamos trenes en Dinamarca, después de una de nuestras larguísimas cenas, en donde arreglamos y desarreglamos el mundo por lo menos un par de veces. Los dos sabíamos que tal vez no volveríamos a vernos, nos dimos un abrazo y tuve la fortuna de poderle decir “te quiero mi hermano”.
Hoy, creo que toda la comunidad acuícola del planeta se une a ese momento.

Humberto, mi amigo, mi hermano, mi compañero de mil batallas, donde quiera que estés, estoy seguro de que estás generando una revolución para bien, creando, soñando, compartiendo ese dejo de locura que solo los grandes como tú manejan con grandeza. No basta decir gracias, sino confirmarte, que te querremos y recordaremos por siempre.



