Por: Antonio Garza de Yta*
La idea de producir pescado dentro de las ciudades con sistemas de recirculación acuícola seduce: control total, uso mínimo de agua, bioseguridad, trazabilidad y proximidad al consumidor. Pero, como he insistido en otras ocasiones, no toda propuesta que hoy se promociona es viable.
El problema no suele estar en la tecnología en sí, sino en la economía de la operación: proyectos con narrativas impecables que, al pasar a números, no sostienen el costo por kilo que el mercado puede pagar de manera consistente.
Quien esté pensando en RAS debe partir de una verdad incómoda: el costo por kilo manda. Si el costo total de producción supera el precio de mercado (después de logística, comercialización y mermas), el modelo no es sostenible. Por eso, hablar de RAS exige un análisis financiero profundo, no una hoja promocional. Cualquier ejercicio serio incluye:
✓ CAPEX detallado: ingeniería, obra civil, tanques, biofiltros, bombas, oxigenación, respaldos eléctricos, automatización, permisos y puesta en marcha.
✓ OPEX realista: energía (el gran rubro), oxígeno, alimento (formulación y factor de conversión alimenticia [FCR] alcanzable), mano de obra capacitada 24/7, bioseguridad, reposición de partes, seguros, residuos y tratamiento de efluentes.
✓ Financiamiento y depreciación: tasas, plazos, periodo de escalamiento inicial, contingencias y reservas de efectivo.
✓ Factores de producción: densidades seguras, mortalidad esperable, tasa de crecimiento, días a mercado, uniformidad de talla y rendimiento en planta.
✓ Factores de mercado: precio neto, contratos, penalizaciones por calidad, certificaciones y volatilidad de la demanda.
Cuando estos elementos se modelan con prudencia, muchos de los proyectos que hoy se “venden” como revolucionarios no superan la línea roja del costo por kilo… Y, es mejor descubrirlo en Excel que después de haber cortado el listón en la inauguración.
Hay, sin embargo, segmentos donde el RAS urbano (o periurbano) es no solo viable, sino inevitable. El salmón es el ejemplo más claro: demanda estructuralmente mayor que la oferta, precios históricamente atractivos, y áreas tradicionales de cultivo cada vez más limitadas por temas ambientales, sanitarios y sociales. En este contexto, los sistemas en tierra (incluidos urbanos) se transforman en la próxima etapa de una industria que ya entiende que crecer en el mar es cada vez más difícil.
La acuicultura urbana debe impulsarse con metas alcanzables: reducir energía por kilo, mejorar FCR, elevar supervivencia y mantener calidad constante. En este frente, vale reconocer a empresas que trabajan con objetivos realistas y obsesión por los costos, como Blue Aqua, que ha promovido modelos de producción intensiva con enfoque de eficiencia tanto en Singapur como en el Medio Oriente.
Su virtud no es vender sueños, sino ejecutar y ajustar: adaptar biofiltración al agua disponible, diseñar flujos que ahorren bombeo, optimizar densidades, usar sensorización práctica (no solo “gadgets”), y vincular producción con mercados que pagan por calidad y constancia. Es exactamente el tipo de “operación quirúrgica” que convierte a un RAS en una planta de alimentos, no en una maqueta futurista.
Si filtramos con rigor financiero, sí hay una revolución alimentaria en marcha: RAS para especies de alta demanda y valor, en ciudades o perímetros urbanos, conectados directamente con procesamiento y distribución. No se trata de llenar azoteas de tanques, sino de plantas profesionales de proteína acuícola integradas a la red alimentaria de la ciudad. El beneficio es tangible: menor transporte, calidad uniforme, trazabilidad, resiliencia y empleo especializado.
El optimismo sin números es propaganda; los números sin visión son contabilidad. La acuicultura urbana y los RAS nos piden ambas cosas: visión para imaginar ciudades que produzcan proteína limpia y seriedad para que el costo por kilo sostenga esa visión. En salmón, la puerta ya se abrió. En otras especies, nos toca seguir afinando hasta que la economía diga “sí”. Porque el futuro no se vende: se diseña, se modela y se opera. Y cuando el costo por kilo logra ser competitivo, la revolución deja de ser discurso y se convierte en alimento.
* Antonio Garza de Yta es vicepresidente del Centro Internacional de Estudios Estratégicos para la Acuacultura (CIDEEA), presidente de Acuacultura sin Fronteras (AwF), expresidente de la Sociedad Mundial de Acuacultura (WAS), exsecretario de Pesca y Acuacultura de Tamaulipas (México) y creador de la Certificación para Profesionales en Acuacultura (CAP) junto con la Universidad de Auburn.




